Durante años, Morena construyó su identidad sobre una promesa contundente: acabar con los privilegios, desmontar la élite dorada y gobernar con una austeridad casi mística. Ese relato fue su motor, su bandera y su legitimidad moral. Hoy, para muchos observadores, ese discurso luce desgastado, contradictorio y profundamente hipócrita.
Porque mientras se repite la consigna de la “austeridad republicana”, cada vez son más las imágenes, reportes y señalamientos que muestran a figuras del movimiento viviendo como nuevos aristócratas del poder, disfrutando de comodidades, influencias y beneficios que antes denunciaban con furia.
La crítica pública es directa:
Morena no destruyó la élite. La reemplazó.
Los mismos que marchaban contra los “mireyes del poder” hoy aparecen en casas amplias, vehículos de lujo, escoltas, viajes, contratos y un estilo de vida que contradice todo lo que predicaron. Y los ejemplos que circulan en la conversación pública no son menores:
– Los señalamientos sobre los hijos del expresidente López Obrador, envueltos en polémicas por estilos de vida y presuntos beneficios.
– Las críticas hacia Gerardo Fernández Noroña y sus propiedades, contrastando con su discurso de lucha social.
– Y una larga lista de funcionarios, operadores y figuras que, según analistas, han convertido la austeridad en un discurso selectivo, no en una práctica.
La pregunta que muchos ciudadanos lanzan es brutal:
¿En qué momento los luchadores sociales se convirtieron en los mismos privilegiados que juraron combatir?
El doble discurso no solo erosiona credibilidad; destruye la esencia del proyecto. Porque no se puede hablar de pueblo mientras se vive como élite. No se puede denunciar a los oligarcas mientras se reproducen sus prácticas. No se puede exigir sacrificio mientras se disfruta del poder sin límites.
Morena enfrenta un conflicto interno que ya no puede ocultar:
la distancia entre lo que dice y lo que hace.
Y esa fractura, si no se atiende, puede convertirse en el principio del fin de su autoridad moral.
La austeridad no se predica.
Se vive.
Y hoy, para muchos, Morena dejó de vivirla.
