Por Genaro Guiaducto Ruiz

Durante años, Morena construyó su identidad sobre una promesa contundente: acabar con los privilegios, desmontar la élite dorada y gobernar con una austeridad casi mística. Ese relato fue su motor, su bandera y su legitimidad moral. Hoy, para muchos observadores, ese discurso luce desgastado, contradictorio y profundamente hipócrita.

Porque mientras se repite la consigna de la “austeridad republicana”, cada vez son más las imágenes, reportes y señalamientos que muestran a figuras del movimiento viviendo como nuevos aristócratas del poder, disfrutando de comodidades, influencias y beneficios que antes denunciaban con furia.

La crítica pública es directa:

Morena no destruyó la élite. La reemplazó.

Los mismos que marchaban contra los “mireyes del poder” hoy aparecen en casas amplias, vehículos de lujo, escoltas, viajes, contratos y un estilo de vida que contradice todo lo que predicaron. Y los ejemplos que circulan en la conversación pública no son menores:

– Los señalamientos sobre los hijos del expresidente López Obrador, envueltos en polémicas por estilos de vida y presuntos beneficios.

– Las críticas hacia Gerardo Fernández Noroña y sus propiedades, contrastando con su discurso de lucha social.

– Y una larga lista de funcionarios, operadores y figuras que, según analistas, han convertido la austeridad en un discurso selectivo, no en una práctica.

La pregunta que muchos ciudadanos lanzan es brutal:

¿En qué momento los luchadores sociales se convirtieron en los mismos privilegiados que juraron combatir?

El doble discurso no solo erosiona credibilidad; destruye la esencia del proyecto. Porque no se puede hablar de pueblo mientras se vive como élite. No se puede denunciar a los oligarcas mientras se reproducen sus prácticas. No se puede exigir sacrificio mientras se disfruta del poder sin límites.

Morena enfrenta un conflicto interno que ya no puede ocultar:

la distancia entre lo que dice y lo que hace.

Y esa fractura, si no se atiende, puede convertirse en el principio del fin de su autoridad moral.

La austeridad no se predica.

Se vive.

Y hoy, para muchos, Morena dejó de vivirla.

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