La libertad de expresión es piedra angular de toda democracia. Pero cuando esa libertad se ejerce desde el poder editorial, también debe asumir sus responsabilidades. El reciente fallo de un tribunal en Baja California Sur que obliga a Penguin Random House a publicar la réplica de Televisa en el libro Las señoras del narco de Anabel Hernández, marca un antes y un después en el ejercicio periodístico y editorial en México.
Por primera vez, el derecho de réplica—consagrado en la Constitución desde 2015—se aplica a una obra literaria. No a una nota de prensa, no a un programa de televisión, sino a un libro. Y eso importa. Porque los libros, aunque se amparen en la narrativa o el periodismo de investigación, no están exentos de la verdad ni del debido proceso.
En el texto, Hernández señala que actrices vinculadas a Televisa habrían tenido nexos con el narcotráfico, incluso mencionando supuestos “catálogos” de encuentros. La editorial publicó sin verificar, sin ofrecer espacio a la contraparte, sin asumir que la tinta también puede dañar. El tribunal resolvió que la información era falsa y ordenó lo justo: que se escuche la otra voz.
Este fallo no censura. No prohíbe. No castiga la investigación. Lo que hace es equilibrar. Porque el periodismo, incluso el que se imprime en pasta dura, debe ser riguroso, ético y abierto al diálogo. La réplica no es enemiga de la libertad de expresión; es su complemento.
Ahora, Penguin Random House deberá incluir la versión de Televisa en todas las ediciones del libro, designar un responsable editorial para futuras réplicas y publicar sus datos de contacto. Es una sacudida para la industria editorial, que por años ha operado sin los controles que sí se exigen a medios tradicionales.
Este precedente obliga a repensar el papel de las editoriales en la era de la posverdad. ¿Publicar sin verificar? ¿Difamar bajo el escudo de la narrativa? Ya no será tan fácil. Y eso, lejos de limitar, fortalece el periodismo serio, el que investiga con pruebas, escucha todas las voces y no teme rectificar.
Porque en democracia, incluso los libros deben responder.
