En Nayarit, hasta el hartazgo se vuelve capital político. Esta semana, un grupo de comerciantes —de los de verdad, los que sudan cada jornada entre toldos y trámites— levantó su plantón en la avenida México tras una mesa de diálogo con Alejandro Galván, jefe de Gabinete del Gobierno de Tepic, y la secretaria del Ayuntamiento, Cora Cecilia Pinedo. El acuerdo, respaldado por la alcaldesa Geraldine Ponce, promete respuestas en 24 horas y una rueda de prensa para anunciar compromisos.

Pero como ya es costumbre en esta tierra donde la política se mete hasta en el precio del jitomate, la protesta no fue solo de comerciantes. También llegaron los de siempre: políticos sin oficio comercial, sin puesto ni puesto, que se arriman al conflicto como quien busca sombra en día de plaza. No para ayudar, sino para figurar. Para entorpecer. Para convertir la necesidad en narrativa electoral.

Mientras los comerciantes legítimos pedían soluciones concretas, otros buscaban reflectores. La mesa de diálogo, que debía ser técnica y resolutiva, se convirtió por momentos en pasarela de egos. Afortunadamente, la voluntad de quienes sí viven del comercio prevaleció, y se logró un acuerdo que, aunque parcial, representa un avance.

La pregunta no es por qué se politiza todo en Nayarit. La pregunta es por qué permitimos que causas genuinas se conviertan en moneda de cambio. ¿Cuántas veces más veremos a líderes improvisados apropiarse de luchas que no les pertenecen? ¿Cuántas veces más se usará el dolor ajeno como trampolín?

Hoy los comerciantes se retiran con la promesa de soluciones. Pero también con la certeza de que, en Nayarit, hasta el derecho a trabajar se disputa entre quienes quieren servir y quienes solo quieren servirse.