En una transmisión viral, “La China” aparece cantando un narcocorrido con la mirada firme y la voz empoderada. Lleva una gorra del CJNG, una pistola en la cintura y una sonrisa que parece desafiar el estigma. Para muchos, es símbolo de una nueva era: mujeres que ya no son solo acompañantes, sino protagonistas en el crimen organizado. Pero detrás del corrido, la selfie y el dron, se esconde una historia más cruda.

La narcocultura ha encontrado en la figura femenina un nuevo rostro para seducir, normalizar y expandirse. De “La Hiena” en Oaxaca a “Lady Drones” en Campeche, los casos se multiplican. Mujeres que operan logística, ejecutan, vigilan, lavan dinero o reclutan por TikTok. Pero ¿es esto empoderamiento o una nueva forma de sacrificio?

En los corridos, ellas son “reinas del cartel”; en los chats internos, “pollitas de colores”: útiles, visibles, pero desechables. La aparente igualdad que ofrece el narco es un espejismo. Las mujeres siguen siendo las más vulnerables, las primeras en caer, las que cargan con la culpa cuando los jefes desaparecen.

La falta de oportunidades, la violencia estructural y el abandono institucional han empujado a muchas a ver en el narco una salida. Pero esa salida suele ser un callejón sin retorno. La estética del poder femenino en el crimen organizado no es más que una máscara: detrás hay coerción, abuso, y una tasa de mortalidad que no distingue género.

Mientras tanto, en redes sociales, los likes siguen subiendo. Las “buchonas” se convierten en influencers, y los corridos se reproducen como himnos de una generación que confunde visibilidad con libertad.

¿Estamos ante un cambio de paradigma o frente a una narrativa que maquilla la tragedia? La crónica de “La China” no es solo una historia de ascenso: es también un retrato de cómo el narco ha aprendido a usar el feminismo como disfraz, y de cómo la cultura popular ha normalizado una violencia que, aunque tenga rostro de mujer, sigue siendo profundamente patriarcal.

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