Por: Genaro Ruiz

Fecha: 3 de agosto de 2025

La presidenta Claudia Sheinbaum ha iniciado su mandato impulsando una ambiciosa reforma electoral que, si bien tiene aspectos loables, también encierra peligros reales para el equilibrio democrático del país. La propuesta de eliminar los diputados y senadores plurinominales es, sin duda, la más controversial y preocupante de todas.

Desde una mirada superficial, podría parecer sensato: “menos legisladores, menos gasto”. Un argumento sencillo que apela al sentido común de muchos ciudadanos hastiados de la política. Sin embargo, detrás de ese discurso de austeridad se esconde un golpe a la pluralidad y a la representatividad democrática que tanto ha costado construir en México.

Los plurinominales —tan criticados por ser elegidos “por lista”— cumplen una función esencial: evitan que un solo partido concentre de manera desproporcionada el poder y garantizan la presencia de voces diversas en el Congreso, desde partidos minoritarios hasta sectores sociales que rara vez ganan en distritos de mayoría relativa.

Eliminar estas curules es abrir la puerta a una sobrerrepresentación peligrosa, especialmente cuando el partido gobernante ya tiene mayorías considerables. No se trata solo de números, sino de equilibrios. En un país donde la oposición, los pueblos originarios, los activistas o las mujeres muchas veces acceden al Congreso por la vía proporcional, este cambio podría borrar su voz del mapa legislativo.

Además, es una ironía que se proponga desaparecer los plurinominales en nombre de la “democracia directa”, mientras se plantea elegir a consejeros del INE por voto popular, una fórmula que podría politizar al árbitro electoral y debilitar su independencia técnica.

Es verdad: el sistema necesita ajustes. Se puede discutir una reducción racional de escaños, una reforma al método de listas, mayor fiscalización a los partidos o mecanismos para fortalecer la rendición de cuentas. Pero no podemos retroceder décadas en representación bajo el pretexto de la eficiencia o el ahorro.

Lo que está en juego no es una curul más o menos, es la calidad de nuestra democracia. México no necesita menos pluralidad, necesita más voces críticas, más contrapesos, más inclusión. Y eso empieza, precisamente, por proteger —no desaparecer— los espacios que la garantizan.

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