Por: JJCH

Hay esquinas que dejan de ser simples coordenadas para convertirse en memoria viva. En Tepic, la glorieta que une las calles Veracruz, Calzada de la Cruz y Paseo de la Loma es, sin duda, uno de esos puntos neurálgicos. Durante casi dos décadas, la figura de La Hermana Agua custodió el flujo cotidiano de quienes transitan hacia La Loma, recordándonos con su sola presencia la lírica del bardo nayarita que le dio nombre.

Hablar de este monumento es hablar de una pieza que supo mutar con el tiempo. Lo que nació en 2006 como un homenaje escultórico a la poesía de Nervo, terminó por transformarse en un epicentro social. Para muchos, la glorieta no era solo una rotonda de distribución vial; era el punto de encuentro, el lienzo de consignas y el refugio de colectividades que encontraron en ese espacio un lugar donde hacerse escuchar.

Hoy, la ciudad se prepara para un cambio de guardia. El retiro de la escultura marca el fin de un ciclo visual en el paisaje urbano de la capital. La transición hacia un nuevo conjunto escultórico que honre a la familia wixárika propone una nueva lectura de nuestras raíces, trasladando el foco de la lírica modernista hacia el corazón de nuestros pueblos originarios.

Sin embargo, el vacío temporal que deja “La Hermana Agua” invita a la reflexión: ¿qué hace que un monumento sea importante? No es solo el bronce o la piedra, sino la capacidad de la ciudadanía para apropiarse de él. Mientras la nueva obra se asienta en el pedestal de la glorieta, queda en el aire la nostalgia de una figura que, durante años, fue la brújula emocional de muchas generaciones en Tepic.

Las ciudades, como los ríos de los que escribía Nervo, nunca son las mismas. Hoy despedimos a un ícono, no sin antes reconocer que, aunque la estatua ya no esté, su sombra seguirá proyectada en la memoria colectiva de quienes alguna vez dijeron: “nos vemos en la Hermana Agua”.

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